El electrodoméstico que más consume en casa no siempre es el que tiene mayor potencia. Un horno, una secadora o una placa de cocina pueden necesitar mucha electricidad mientras están encendidos, pero se utilizan durante periodos limitados. El frigorífico, en cambio, trabaja día y noche durante todo el año.
Esa continuidad lo coloca habitualmente a la cabeza del consumo anual entre los electrodomésticos convencionales. El Instituto para la Diversificación y Ahorro de la Energía señala que un frigorífico-congelador puede representar hasta el 30% de la electricidad utilizada por los aparatos de la vivienda.
El porcentaje necesita una precisión: no significa que la nevera se lleve siempre el 30% de toda la factura eléctrica. La cifra se refiere al consumo de los electrodomésticos. Si la vivienda utiliza calefacción eléctrica, aire acondicionado, termo eléctrico o carga un vehículo, cualquiera de esos sistemas puede superar ampliamente al frigorífico.
También se trata de un máximo orientativo, no de una cantidad idéntica en todos los hogares. El tamaño del aparato, su antigüedad, la clase energética, la temperatura de la cocina y los hábitos de uso pueden modificar considerablemente el resultado.
No tiene una gran potencia, pero nunca descansa
El compresor de la nevera no funciona permanentemente a máxima potencia. Se enciende y se apaga para conservar la temperatura elegida, aunque tendrá que trabajar más cuando entra aire caliente, se introducen alimentos recién cocinados o las puertas no cierran correctamente.
La OCU sitúa el consumo anual habitual de un frigorífico entre 120 y 240 kWh, dependiendo de su eficiencia y características. Un aparato que consuma 180 kWh al año utilizará, como promedio, unos 0,49 kWh diarios o aproximadamente 15 kWh mensuales. Parece poco al observar un solo día, pero el contador sigue avanzando durante los 365 días del año.
La antigüedad puede marcar una diferencia importante. La Comisión Europea calcula que los frigoríficos-congeladores vendidos en 1990 consumían una media de 477 kWh anuales. En 2020, el promedio había bajado hasta los 181 kWh, pese a que la capacidad de los aparatos había aumentado.
La diferencia entre ambas cifras es de 296 kWh al año. Esto no significa que cualquier frigorífico de 1990 siga consumiendo exactamente 477 kWh, pero permite entender por qué sustituir un modelo muy antiguo puede tener más efecto que obsesionarse con desenchufar pequeños aparatos durante unos minutos.
Cómo saber cuánto consume una nevera concreta
La cifra más sencilla de localizar aparece en la etiqueta energética. Desde 2021, los frigoríficos vendidos en la Unión Europea se clasifican mediante una escala de la A a la G. La etiqueta indica también el consumo anual estimado en kWh, el volumen de los compartimentos y el nivel de ruido.
Para comparar dos modelos no basta con mirar la letra. Conviene revisar los kWh anuales y asegurarse de que ambos tienen una capacidad semejante. Un frigorífico grande de buena clase energética puede gastar más electricidad que uno pequeño con una letra inferior simplemente porque tiene que enfriar un volumen mayor.
El código QR de la etiqueta permite acceder al registro europeo EPREL, donde se encuentra la ficha oficial del producto. Esta información resulta más útil que una afirmación comercial genérica como “bajo consumo”, que por sí sola no aporta ninguna cifra.
En una nevera ya instalada puede utilizarse un medidor enchufable compatible con su potencia. Lo recomendable es registrar el consumo durante varios días —mejor una semana completa— y extrapolar el resultado a un año. Medir solamente unas horas puede ofrecer una cifra engañosa, especialmente si coincide con una apertura frecuente de la puerta o con un ciclo de descongelación.
Los pequeños gestos que sí reducen el gasto
El IDAE recomienda mantener unos 5 ºC en el compartimento del frigorífico y −18 ºC en el congelador. Bajar innecesariamente la temperatura obliga al compresor a trabajar más y no mejora la conservación de la mayoría de los alimentos.
La OCU calcula que cada grado adicional de enfriamiento puede elevar el consumo entre un 7% y un 10%. Tampoco conviene introducir comida caliente: el aparato tendrá que retirar ese calor y aumentará temporalmente su actividad.
Abrir la puerta durante demasiado tiempo también tiene un coste. El IDAE estima que las aperturas prolongadas pueden desperdiciar alrededor del 7% de la energía consumida por el frigorífico. Revisar las gomas, eliminar la escarcha y dejar espacio para que circule el aire por la parte posterior ayuda a evitar otro gasto silencioso.
La Comisión Europea aconseja igualmente comprobar que las juntas cierren de forma hermética, descongelar el aparato cuando sea necesario y aprovechar la nevera para descongelar alimentos. Estos liberan frío durante el proceso y reducen parte del trabajo del compresor.
El horno puede disparar el contador durante una hora y la secadora hacerse notar cada vez que se utiliza. La nevera juega otra partida: consume poco a poco, sin ruido y sin vacaciones. Precisamente por eso, una diferencia aparentemente pequeña de eficiencia puede terminar acumulando cientos de kWh a lo largo de su vida útil.