La temperatura más equilibrada para un termo eléctrico de acumulación es 60 °C. Bajarla reduce las pérdidas de calor, pero mantener el agua templada durante periodos prolongados puede favorecer la proliferación de legionela. Subirla mucho más tampoco es la solución: aumenta el consumo, la formación de cal y el riesgo de quemaduras.

Ajustar el termo a 45 o 50 °C puede parecer una medida sencilla de ahorro. Al fin y al cabo, cuanto menos haya que calentar el agua, menos electricidad consume la resistencia. El problema es que un termo no calienta únicamente el agua que se utiliza en la ducha: almacena decenas de litros durante horas y crea un entorno en el que la temperatura también influye en la higiene.

El Ministerio de Sanidad señala que la temperatura óptima para el crecimiento de la bacteria Legionella se encuentra entre los 35 y los 37 °C. La infección no se contrae al beber agua, sino principalmente al inhalar pequeñas gotas contaminadas, como las que puede producir una ducha.

Por qué se recomienda ajustar el depósito a 60 °C

El Real Decreto 487/2022, que regula la prevención de la legionelosis, establece una temperatura mínima de 60 °C en los acumuladores de agua caliente y más de 50 °C en los puntos finales de las instalaciones sometidas a la norma. Las viviendas de uso exclusivamente residencial están excluidas de su aplicación general, pero esos valores constituyen una referencia sanitaria útil para un termo doméstico.

La recomendación no es meramente teórica. La Conselleria de Sanidad valenciana aconseja expresamente que, antes de utilizar el agua caliente de un termo eléctrico, se compruebe que la temperatura supera los 60 °C.

Esto no significa que haya que ducharse a esa temperatura. Los 60 °C corresponden al agua almacenada dentro del depósito. Al abrir el grifo, se mezcla con agua fría hasta alcanzar una temperatura confortable, normalmente situada alrededor de los 38 o 40 °C.

La diferencia es importante porque el agua a 60 °C puede causar quemaduras graves. El Ministerio de Sanidad advierte de que tres segundos de exposición pueden bastar para provocar una quemadura de tercer grado en un niño. En hogares con menores, personas mayores o problemas de movilidad resulta especialmente recomendable instalar una válvula mezcladora termostática, que limita la temperatura de salida sin obligar a enfriar el depósito.

Cuánto se ahorra realmente bajando la temperatura

Una comparación permite poner el ahorro en perspectiva. Calentar completamente un termo de 80 litros desde 15 hasta 60 °C requiere, en condiciones teóricas y sin contar pérdidas, unos 4,2 kWh. Llevar ese mismo volumen hasta 50 °C necesita aproximadamente 3,3 kWh. La diferencia inicial ronda los 0,9 kWh.

Sin embargo, esa comparación tiene trampa. El agua almacenada a 60 °C se mezcla con una cantidad mayor de agua fría y permite obtener más litros utilizables para ducharse. Además, el consumo diario depende del aislamiento del depósito, de la cantidad de agua utilizada, de la temperatura de entrada y del tiempo que el termo permanece caliente sin que nadie abra el grifo.

La ganancia de bajar diez grados procede principalmente de reducir las pérdidas de mantenimiento: cuanto mayor es la diferencia entre la temperatura del depósito y la de la habitación, más calor escapa al exterior. Por eso, antes de llevar el termostato a una zona dudosa, suele ser más eficaz ajustar la capacidad del termo al número de personas de la vivienda, reparar grifos que gotean, reducir el tiempo de ducha y utilizar un programador si los horarios son regulares. El IDAE recomienda recurrir a termostatos y programadores para controlar mejor el consumo energético.

Cuidado con el modo eco

En algunos termos, el modo eco mantiene el agua entre 50 y 55 °C. Esa función solo debería utilizarse de manera continuada si el manual confirma que el aparato realiza automáticamente un ciclo antilegionela, elevando periódicamente todo el depósito hasta una temperatura suficiente.

No basta con que el panel muestre una hoja verde o la palabra “eco”. Conviene comprobar en el manual dos datos: la temperatura real de almacenamiento y si existe un ciclo higiénico automático. Si el fabricante no lo aclara, la opción prudente es mantener el termostato en 60 °C.

Tampoco tiene sentido dejarlo de forma permanente a 70 o 75 °C para “desinfectar mejor”. Esa temperatura aumenta las pérdidas térmicas, acelera las incrustaciones de cal y eleva el riesgo de quemaduras. Los tratamientos térmicos a temperaturas superiores corresponden a situaciones concretas y deben realizarse siguiendo las instrucciones del fabricante o de un profesional.

La respuesta, por tanto, no está en poner el termo lo más bajo posible. Para un aparato doméstico de acumulación, 60 °C en el depósito ofrece el compromiso más razonable entre consumo e higiene. El agua puede salir mucho más templada por el grifo; lo que no conviene es convertir el interior del termo en una piscina tibia durante semanas.